
Tokio, 20 de septiembre de 2025 – En un amanecer nublado y fresco que parecía bendecido por los dioses del atletismo, María Pérez ha vuelto a escribir una página inmortal en la historia del deporte español. La granadina de 29 años, esa gigante de 1,56 metros que desafía las leyes de la física con cada zancada, conquistó este sábado el oro en los 20 km marcha de los Mundiales de Atletismo de Tokio 2025. Con un tiempo estratosférico de 1:25:54, su mejor marca de la temporada,
Pérez no solo revalidó su título mundial en la distancia corta, sino que completó un doblete legendario al repetir la hazaña de los 35 km una semana antes. Cuatro oros mundiales en su vitrina, un hito que la coloca al lado de leyendas como Usain Bolt y Carl Lewis. Pero esta victoria no fue un paseo triunfal: fue un thriller de proporciones épicas, resuelto en el kilómetro 16 en un duelo con Alegna González que dejó al mundo sin aliento. María Pérez 20 km marcha se convierte hoy en el mantra de la victoria en marcha atlética, y su historia resuena como un himno a la perseverancia y el coraje.
Imagina el Estadio Nacional de Tokio, con sus gradas vibrando bajo la humedad del 77% y una temperatura de 27 grados que hace que cada paso sea una batalla contra el reloj y el cuerpo. Pérez, con su melena recogida y esa mirada de acero forjada en las sierras granadinas, no llegaba como favorita absoluta.
Una semana atrás, había devorado los 35 km en una exhibición de solidez inhumana, pero la fatiga acechaba como una sombra. ¿Podría la española, subcampeona olímpica en París 2024 y dueña de un oro en relevo mixto, repetir el doblete en 20 km marcha que ya había logrado en Budapest 2023? La respuesta llegó en forma de espectáculo puro, un recital de estrategia y potencia que elevó la marcha atlética a la categoría de arte dramático.
El arranque: Un pelotón de titanes y la sombra de la fatiga
La salida, a las 7:30 hora local, fue un estallido de colores y determinación. Cuarenta y nueve atletas de 24 naciones se alinearon en el circuito de un kilómetro alrededor del Memorial de Galería Pictórica Meiji, un bucle urbano que serpentea por las calles de la capital nipona, pasando por puentes y avenidas que evocan la precisión japonesa.
Pérez, vestida con el rojo y amarillo de España, tomó la delantera desde los primeros metros, marcando un ritmo demoledor de 4:17-4:21 por kilómetro. Junto a ella, un grupo élite: la china Xiuzhi Lu, la japonesa Nanako Fujii –dueña de la casa y con dos tarjetas amarillas tempranas por técnica–, la peruana Kimberly García, bicampeona mundial, y la italiana Antonella Palmisano, amiga y plata en los 35 km.
Pero la verdadera amenaza latía en el corazón del pelotón: Alegna González, la mexicana de 26 años de Chihuahua, una cabo de la Marina con brazos como palillos y una flexibilidad felina que hace que su marcha parezca un baile.
González, que se había reservado para esta distancia tras no competir en los 35 km, era el «fantasma» que Pérez había mencionado en rueda de prensa: «Es fresca, valiente y viene a por todas». El duelo estaba servido. En los primeros 5 km, el grupo se estiró como un acordeón, con ataques sutiles de la peruana García y la ecuatoriana Milena Torres, pero Pérez respondía con la serenidad de quien sabe que la guerra se gana en las trincheras finales.
Al paso por el kilómetro 10, el pelotón se había reducido a siete guerreras: Pérez, González, Fujii, García, la china Yang y las italianas. La humedad pegajosa empezaba a cobrar factura; las respiraciones se volvían jadeos, y las paletas rojas de los jueces –símbolo de descalificación por pérdida de contacto– flotaban como espadas de Damocles. Palmisano, la compañera de entrenamientos de Pérez, se retiró antes del km 12, víctima de las secuelas de la prueba larga.
«Es duro, pero esto es la marcha: un deporte de mentes indomables», diría después la italiana, consolando a su amiga desde la banda. Pérez, sin embargo, no flaqueaba. Su técnica era impecable: cadera alta, pie besando el asfalto sin pausa, brazos bombeando como pistones. El público japonés, siempre discreto, empezaba a susurrar: «¿Es humana esta española?»
El clímax: El kilómetro 16, donde se forja la leyenda
Llegados al ecuador, la carrera se convirtió en un duelo latino de proporciones shakesperianas. Al km 13, González lanzó su primer misil: un acelerón feroz que dejó atrás a García y Torres, reduciendo el grupo a un cuarteto infernal. «Me lo repetía todo el tiempo: ‘Voy a ganar, voy a ganar'», confesaría después la mexicana, con esa sonrisa humilde que oculta un volcán. Pérez, con el pubis aún resentido de los 35 km, tomó aire. Sabía que no podía quemar etapas; su entrenador, Jacinto Garzón, le había grabado a fuego la lección: «Aguanta, y luego ataca como un rayo».
Los siguientes tres kilómetros fueron un ajedrez a 20 km/h. González, con su zancada elástica y su experiencia en Copas del Mundo, picoteaba la delantera, forzando errores. Fujii, animada por la grada local, se colaba con codazos sutiles. Pérez, en tercera posición, absorbía cada embestida como una esponja. El cronómetro marcaba 4:10 por kilómetro en las vueltas más calientes, y el estadio –ahora medio lleno con aficionados madrugadores– rugía con cada paso. «¡María, dale!», gritaban los pocos españoles que habían trasnochado en España para ver la prueba en directo.
Y entonces, llegó el momento que definirá esta carrera para siempre: el kilómetro 16. El grupo, reducido a cuatro –Pérez, González, Fujii y una tenaz Yang–, entraba en el tramo de vuelta al estadio. González, oliendo la sangre, aceleró de nuevo, creyendo que la fatiga había doblegado a la española. Pero Pérez, esa mujer que creció en Orce devorando kilómetros por las dehesas andaluzas, respondió con un hachazo brutal. En un suspiro, pasó de defensora a verdugo.
Sus piernas, entrenadas en sesiones de 50 km semanales, devoraron el asfalto. González intentó seguir, pero el gap se abrió como una grieta en la tierra: 5 segundos, 10, 20. «Fue como si el mundo se ralentizara; solo oía mi respiración y el latido de mi corazón», recordaría Pérez.
Los últimos 4 km fueron un monólogo imperial. Pérez marchó en solitario, bajo un cielo que empezaba a clarear, con el sol nipón asomando tímidamente. Nadie la vio vacilar. Fujii y González se disputaban la plata en una pugna feroz, pero la española ya era inalcanzable.
Cruzó la meta del Estadio Nacional con los brazos en alto, gafas subidas a la frente, y un grito primal que erizó la piel: «¡Esto es España!». 1:25:54. Doce segundos de ventaja sobre González (1:26:06, récord norteamericano y continental), y 24 sobre Fujii (1:26:18). El doblete estaba sellado: oro en 35 km y oro en 20 km, un doblete en 20 km marcha que la convierte en tetracampeona mundial y la pri
